El Tiempo Resistencia Aero.
Sección destinada a entrevistar personalidades de la farándula.

Juana Viale
“No planifico nada: me gusta que la vida me sorprenda”

Juana Viale (26) está feliz porque la pesadilla terminó, pero cuando recuerda aquellas interminables horas en la clínica cuidando a su bebé de ocho meses, no puede evitar estremecerse. “Con la infección bronquial de Silvestre pasamos por un estrés enorme, fue terrible. Gracias a Dios ya pasó, fue un susto y todo salió bien”, les cuenta a sus íntimos. El 30 de septiembre pasado, cuando estaba a punto de cerrar las valijas para partir de vacaciones en familia a alguna playa remota del Pacífico, su hijito menor debió ser internado en la Unidad de Pacientes Críticos Pediátricos de la Clínica Santa María en Santiago, y durante quince días estuvo en riesgo su vida.

Indudablemente nadie puede salir indemne de un suceso semejante. “Me convertí en una mujer más tolerante y observadora, menos enojona. Aprendí a cultivar la paciencia”, le confesó a un diario chileno. Y si bien no simpatiza con la alta exposición y el show mediático, podría decirse que estaba en su destino y en su ADN ser parte del show business. Además de la nieta de Mirtha Legrand, Juana es su gran heredera, aunque con un estilo transgresor. Posó desnuda para campañas gráficas, fue madre soltera (a los 20 la tuvo a Ambar –hoy de 5 años–, fruto de su corta relación con Juan De Benedictis, hijo de Piero), vivió romances varios (Iván de Pineda, Juan Cruz Bordeu, Agustín Teully, Tomás Fonzi, el actor francés Alé de Baseville), protagonizó escenas muy hot en televisión con Doble vida, Mujeres asesinas y Por amor a vos.

Si fuera por ella, asegura, “sólo haría cine”. Para el 2009, tiene cuatro películas en su agenda. Pero Juana prefiere no dar demasiadas precisiones. “No planifico nada: me gusta que la vida me sorprenda”, es su frase de cabecera. En septiembre pasado, le dijo a la revista Cosmopolitan en una nota y producción de tapa: “Gonzalo (Valenzuela, actor chileno, su pareja desde hace tres años) es un hombre inteligente, y muy noble. Me enamoré de él por su humor, me hace reír mucho…. Además, lo admiro profesionalmente. También es mi gran compañero. Me dio fuerzas cuando estuve internada durante 76 días sin moverme de la cama porque se complicó el embarazo de Silvestre”.

AL NATURAL. Ahora Juana tiene una nueva oportunidad de disfrutar de su carrera. “Además de ser actriz, cada tanto me gusta jugar a ser modelo. Y ante todo, me interesa poner pasión en lo que hago. Antes no me sentía apta para seguir con la herencia familiar, ahora sí… Pero todavía soy bastante tímida, me intimida la popularidad”, dice.

Está sentada en la peluquería Cool Cuts, de Alvaro Rivas, con una sonrisa de oreja a oreja. Descalza e inseparable de su teléfono celular –vino desde Santiago a Buenos Aires por el día para hacer la megaproducción de fotos para esta campaña gráfica, que hasta la temporada pasada fue protagonizada por Araceli González con su corte carré–, comenta entre carcajadas: “¡No me dejes pelada! Te lo pido por favor”. Fiel cultora del hippie chic (tiene varios tatuajes, en la espalda y en los tobillos), Juana adora el look natural y el pelo larguísimo y libre; siempre lo lleva por debajo de la cintura. Por todo eso, para Rivas es un desafío meter la tijera en la melena de Juana. Además de un corte desmechado con flequillo y ondas suaves, le cambiaron su color hacia un tono más luminoso. Ella asegura que su estilo es “natural ciento por ciento. Nunca hice gimnasia y no pienso operarme las lolas. De hecho, tengo estrías desde que tuve a Ambar. No hago dieta: soy sibarita y como de todo. Después de los partos de mis hijos, volví a mi peso con sólo amamantarlos. Soy fanática de la natación y de andar en bici”.

A RODAR. Mauricio Catarain (de la agencia Chekka) y Nacho Viale, su hermano, son quienes manejan su carrera y sus contratos. “En enero del año próximo, Juana empezará a filmar Omisión, la opera prima de Marcelo Páez Cubell, donde será la protagonista femenina (Germán Palacios y Juan Gil Navarro serán las figuras masculinas). En marzo deberá filmar otra película, Ante todo mucha calma, en Río de Janeiro y Buzios”, detalla Catarain. Y antes de seguir con más proyectos, ella aclara que su familia es la prioridad de su vida. Y dice algo más de su hermética vida privada: “De casarme, sería en secreto. Quiero disfrutar de mi pareja y de mis hijos al máximo”.

Maximiliano Guerra
“Hoy me siento tranquilo, cómodo y muy bien amado”

Descalzo en medio del escenario, Maximiliano Guerra (41) explica por qué hizo construir un tapete especial que lo cubre por completo. “Tiene una estructura flotante, que ayuda al impulso en los saltos y materiales blandos, para no dañarnos los pies”, dice. Habla como bailarín y director artístico del Ballet del Mercosur y, a la vez, revela características de su ser, más allá de la profesión.
En él, volar alto y tener los pies sobre la tierra se dan en simultáneo. “No veo límites en las cosas que disfruto”, confiesa, y su goce es tal que hasta se reconoce “pleno”. Fuera de escena, Patricia Baca Urquiza (31) –su esposa desde diciembre del año pasado, su compañera desde hace siete años–, junto a sus tres hijas: Azul (5), Zoe (3) y Micaela (14, de su matrimonio anterior con Sandra Scanferlatto) son sus raíces afectivas. Como el tapete en el show, la familia es su sostén en la vida, la fuerza de su envión firme en todo lo que emprende y la red que lo contiene con suavidad cuando hay caídas.
A minutos de ensayar, mientras termina su desayuno de café y alfajor de chocolate, se anima a hablar de amor, el tema principal de Secuencias, el espectáculo que presentará el 6, 7, 8, 13, 14 y 15 de noviembre en el teatro El Nacional, declarado “De interés cultural” por la Presidencia de la Nación.

–¿Con qué se encontrará el público en este show?
–El espectáculo está basado en la coreografía que Walter Cammertoni ideó para el Ballet del Mercosur, inspirado en el mito de El banquete de Platón, según el cual el hombre tenía en su origen dos cabezas, cuatro piernas y cuatro brazos. Pero al descubrirlo muy soberbio, los dioses decidieron dividirlo en dos. Ahí comienza la eterna búsqueda del otro. Así es el amor para mí: pasamos nuestra existencia tratando de encontrar a ese otro que nos complete, para llegar a sentirnos de nuevo uno.

–Te casaste hace menos de un año. Hablemos de amor… ¿Cómo estás hoy?
–Pleno. Me levanto y me siento satisfecho con lo que tengo. Sobre todo estos últimos años junto a Pato. Vivo tranquilo, cómodo, puedo ser totalmente lo que soy, con libertad y sinceridad. En ella realmente encontré mi complemento. Me siento cuidado, respetado, bien amado.

–¿Tranquilo y cómodo es distinto a estancado?
–Totalmente. Me refiero a la seguridad y a la paz interior, a la honestidad de lo que ambos sentimos y cómo lo expresamos. No puede haber amor sin un corazón honesto. Una de las cosas necesarias para que haya amor es la honestidad de los sentimientos.

–Parece que encontraste la fórmula de la felicidad…
–No, no existen fórmulas. Reconocerse tan bien con alguien también tiene su parte de desafío, porque uno tiene conciencia de que necesita al otro, de que en soledad está incompleto, y para seguir juntos es igual de importante que el otro también se sienta así.

–Tu hija mayor tiene 14 años. Ya hubo alguna consulta estilo: “Papá, ¿cómo sé si estoy enamorada?”
–Aún no. Pero de preguntármelo, mi consejo siempre sería obedecer a lo que diga el corazón. En mi vida hubo otros caminos, y para mí no hay fracasos: todas son experiencias. No me arrepiento de mi historia ni de mi matrimonio anterior. Producto de ese amor nació Micaela. Siempre fui consecuente con lo que siento; descubrir el final de esa relación, sentir que ya no había amor, fue muy doloroso. Y, por supuesto, hubo un duelo posterior y, como en todo duelo, uno debe aprender a renunciar y dejar ir.

–En el texto que promociona el espectáculo hay una oración que remite a la vida que se da y se quita en un segundo. ¿Tuviste experiencias recientes de pérdida de seres queridos?
–Sí… (extiende un silencio, mira hacia los lados y pide un cigarrillo). La muerte sorpresiva de dos amigos. Uno por causas naturales, al otro lo asesinaron. Como dijo Atahualpa, “un amigo es uno mismo, pero con otra piel”. Se fueron dos amigos cercanos, y con ellos murió una parte mía.

¿Quiénes? ¿En qué circunstancias?
–… (Niega con la cabeza)
–Entiendo. Sé que tocás la guitarra y componés canciones. ¿Pensaste alguna vez en grabar un disco?
–No lo sé. El año pasado me presenté por primera vez como cantante y compositor ante el público. Por ahora es un modo de expresión que no sale de casa. Le compongo canciones a mi mujer y se las canto a ella.

–¿Alguna vez armaste una coreografía de tus canciones?
–Sería demasiado ego. Ya soy director artístico, bailarín y coreógrafo.

–En el 2004 presentaste un espectáculo junto a Charly García. ¿Qué te provoca su actual estado de salud?
–Hace más de un año que no hablo con él. Charly es un genio y necesita que lo dejen en paz. Con su inteligencia y talento va a salir adelante. Para mí él es como un globo suelto sin rumbo, que necesita pesas para quedarse un poco quieto en un lugar y establecerse. Su vida no tiene ese sostén, y es por eso que se pierde sin destino.

–¿Entre la genialidad y la locura hay una línea estrecha?
–Absolutamente. La historia del arte así lo demuestra. Van Gogh y Mozart son ejemplos de ello.

–¿En tu vida qué te sostiene para no perderte?
–Sin dudas, mi familia. Mi mujer y mis tres hijas.

–Hablemos de fútbol… ¿Qué pasa con River?
–Se equivocaron. Les dijeron que debían estar en la punta de la tabla, pero no les aclararon en cuál. El error está en los jugadores, no en la dirección. A mí me gusta Simeone: demostró ser un buen técnico en Estudiantes y también en River, en el campeonato pasado.

–¿Cuál sería la solución? Vos sabés de eso… El plantel no será una compañía de ballet, pero el trabajo de dirigir un equipo podría parecérsele…
–Creo que hoy, en River, no hay un objetivo común. El plantel está en contra de algo, no sé bien de qué. En el fútbol de hoy hay muchos intereses mezclados. Lo que no entiendo es por qué los hinchas debemos ser testigos de toda su mediocridad.

–Salvo River, parece que todo está en orden. ¿No hay nada que le falte a tu vida?
–Estoy muy bien, pero no soy de conformarme fácilmente: siempre busco crecer. Para mí no hay techo, nunca veo límites en las cosas de que disfruto. En mi profesión, por ejemplo, jamás voy a adelantar una edad para retirarme. Seguiré mientras mi cuerpo me pida bailar. Nunca planteo finales. Serán cuando deban ser: mañana,
en unos años… o nunca.

María&Malena
“Este libro es el espejo de los días que mi hija pasó entre la vida y la muerte”

Todo ocurrió tan rápido que apenas podía procesarlo… Entonces, como una autómata, comencé a escribir un diario urgente, desesperado y esperanzado a la vez. La escritura, entonces, me rescató de lo que pudo ser la locura…”. (Del prólogo de Malena despierta).

En este piso 17 de Belgrano no hay rincón que no recuerde la vida privada de María Valenzuela (sus distintas edades, sus tres hijos), y su larga carrera de actriz: una decena de premios, y entre ellos, tres Martín Fierro). Es martes, casi noche. La tormenta empieza a disiparse, pero los relámpagos sobre el río la recuerdan. Malena (25), hija de María y del periodista Pichuqui Mendizábal, se pinta, minuciosa, las uñas. María fuma: “Un vicio que tengo que domar, pero no es fácil”. Sobre la mesa ratona hay dos cuadernos manuscritos y un ejemplar de Malena despierta, el libro. Hablamos…

–¿Por qué este libro, María?
–Los cuadernos, el diario que fui escribiendo mientras Malena estaba en coma, se los regalé a ella. Son absolutamente nuestros, sobre todo porque están llenos de códigos, de guiños, de chistes: cosas muy íntimas, muy personales. Nunca creí que pudieran ser un libro, pero empecé a recibir llamados de padres y madres desesperados porque estaban atravesando el mismo drama que yo: hijos en coma.

–¿Qué esperaban de vos?
–Identificación, contención, esperanza, consejos. Una madre me decía: “Mi hija tuvo fiebre”, y yo le contestaba: “Quedáte tranquila; Malena, en esos días, también tuvo fiebre”. Influyeron tres cosas: soy conocida, pasé por la misma situación y todo terminó bien. Entonces pensé que mi diario podía ser un libro que ayudara a mucha gente.

–¿Qué consejos les dabas a esas madres?
–Que hicieran lo mismo que hice yo con Malena. “Tocála, tené contacto físico con ella, ponéle crema, ponéle agua bendita en las muñecas y detrás de las orejas, como si fuera perfume francés, rezá, y si podés, pasá música…”.

–¿Quién te enseñó todo eso?
–Nadie. Lo fui inventando día a día. Detrás de la cama de Malena armé un altar con todo lo que traía la gente: imágenes, medallas, estampitas… Y cuando llegó mi equipo de música, empecé a pasar tres discos en inglés y tres en castellano con la música preferida de Malena: Arjona, Sanz, Mambrú… Te digo más: frente a la cama de Malena había un cuadro, y yo le colgué una camiseta de Boca encima, para que al despertar viera una de las cosas que más ama…

–¿Tan de Boca sos, Malena?
–Soy, entendéme bien, asquerosamente bostera. Una derrota de Boca me pone mal, me arruina el lunes. Cuando perdimos seis a cuatro con Racing, lloré…

–¿Los médicos te permitieron hacer toda esa terapia casera, María?
–Sí, los del Dupuytren sí. Entre otras cosas, porque yo me hacía chiquita… No los estorbaba. Me sentaba en un rincón y escribía el diario. Era un fantasma, pero con mucha presencia. Nunca me echaron, y más de uno creyó que todo cuanto yo hacía era útil, ayudaba a la recuperación, a pesar de que el cuadro era gravísimo: un gran derrame cerebral, medio hueso de la cabeza extirpado para que el cerebro no siguiera sangrando, y apenas uno y medio por ciento de posibilidades de sobrevivir.

–¿Te separaste de ella en algún momento?
–Ni loca. Malena tuvo el ataque el 10 de febrero. A las seis de la mañana la interné en el Dupuytren, largué el trabajo (estaba grabando Costumbres argentinas en Ideas del Sur), y no me moví de ahí hasta que Malena despertó. Dormía en una habitación que estaba justo arriba de la sala de ella.

–¿La música seguía sonando?
–Las veinticuatro horas. Se me ocurrió a mí, pero el doctor Henry, un médico peruano, lo aprobó: “Que Malena tenga música todo el día”, me dijo. Entonces seguí mandándole música a lo pavo, y al sexto día descubrí el primer signo de vida: Malena tensó los dedos…

–¿Recordás algo de todo eso, Malena?
–Nada, nada… Sólo me acuerdo de que estaba en casa con Ramiro, mi pareja de entonces, y de pronto sentí un terrible dolor de cabeza, me desmayé, y cuando me desperté creí que seguía en casa… ¡pero habían pasado nueve días!

–¿Cómo te diste cuenta de que era algo grave, María?
–Porque Malena vomitó y se acostó sobre el piso, encima del vómito. Para Malena, vomitar es peor que sufrir una operación. Sólo lo hizo dos veces en su vida, y la aterra. Cuando la vi acostada sobre el vómito, comprendí que algo terrible le había ocurrido.

–¿Viste o imaginaste algo extraño?
–Sí. Fue cuando Malena ya estaba en recuperación. La atendía una kinesióloga que le movía cada músculo. Sonaba un tema de U2 cantado por Pavarotti, y de pronto, como en cámara lenta, tuve la visión de Malena danzando. Una imagen bellísima…

–¿Cuánto tardó en despertar definitivamente?
–Nueve días.

–¿Cómo fue esa vuelta a la vida?
–Se despertó violenta, llena de furia. Es una reacción normal, resultado de todas las drogas que tenía adentro. Había estado en la cornisa, y entre dos veredas, la vida y la muerte.

–¿Qué pasó después?
–Empezó la etapa de rehabilitación en el Fleni. Las dos vivimos allí, y yo empecé a trabajar. Fue una locura: compartía la terapia con Malena, me escapaba a grabar a Ideas del Sur los lunes, martes y miércoles, y a la noche empalmaba con el teatro, donde estaba haciendo Porteñas.

–¿Soportaste bien esas separaciones, Malena?
–¡No! Quería estar con mi mamá todo el tiempo.

–¿Cómo lo manejaste, María?
–Como pude: partiéndome en cuatro. De pronto, Malena era una chiquita de dos años que reclamaba a su mamá y tenía que aprender a caminar y a comer. Fue como meterla en la panza y parirla de nuevo.

–¿Antes del ataque la relación entre ustedes era tan fuerte?
–Siempre fue muy profunda, sí. Pero hace seis años hubo un quiebre familiar entre el padre, yo, Malena y sus hermanos, Julián y Juan. Y para colmo, al mismo tiempo murió mi madre, después de siete internaciones. Mi marido y yo nos separamos, los varones se fueron con él, y Malena y yo nos quedamos solitas y abrazadas, dándonos fuerza.

–¿Esa situación pudo influir en tu ataque, Malena?
–Y, no sé… Pero a mamá y a mí nos invitaron a la Copa Davis… Fuimos y nos encontramos con mi papá y mis hermanos, con los que yo hacía meses que no hablaba. Fue una situación tensa. Era el viernes 7 de febrero… y el lunes 10 tuve el ataque. No sé si ese encuentro tuvo que ver, porque la mente es muy misteriosa, pero…

–¿Eso pudo influir, María?
–No lo sé. Pero digamos que fue un precio muy alto para que se unieran las piezas del rompecabezas familiar, que estaban totalmente esparcidas.

–El domingo fue el Día de la Madre. ¿Qué le regalaste, Malena?
–Lo que ella pidió: un secador de pelo, porque el que tenía se le rompió.

–María, ¿cómo lograron romper esa relación simbiótica que generó el ataque de Malena? Ese pegoteo…
–No fue fácil. Por supuesto, las dos hacemos terapia. La decisión de tener vidas separadas surgió después de que los médicos me dijeron que Malena estaba curada en un noventa y nueve por ciento, y que ya no había riesgo de sangrado. En ese momento teníamos que mudarnos, y los terapeutas aconsejaron que por razones de salud mental era clave que viviéramos cada una en su casa, tener nuestras propias vidas, asumir nuestras responsabilidades, y romper esa fuerte dependencia. Y así fue.

–¿Les costó?
–Sí, por supuesto. Malena vive cerca, a pocas cuadras de aquí. Nos hablamos por teléfono para darnos el besito de las buenas noches. Seguimos muy unidas, muy compinches, pero el pegoteo se acabó.

–¿A quién le costó más?
Malena: ¡A mamá!
María: Hubo un momento límite. Yo estaba con mucho trabajo, no paraba en casa, y un día le dije que la extrañaba. ¿Sabés qué hizo? Miró para otro lado y me dijo: “¿Y qué vas a hacer?”. ¿Te das cuenta? (se ríe) En otras palabras, “arregláte como puedas”. ¡Pateó la pelota afuera!

–Ya estás divorciada legalmente. ¿Algún señor en tu vida, María?
–No, un señor no. Sólo un amigo, un hermano del alma y del corazón que me acompaña mucho. Tanto, que los chicos le dicen tío.

–¿Pesa la soledad?
–No, porque vivo sola por primera vez en mi vida, y estoy aprendiendo. Primero viví con mis padres. Después, entre idas y vueltas, separaciones y reconciliaciones, veinticinco años con mi marido. Tengo cincuenta y dos años, y recién empecé a vivir sola a los cuarenta y nueve.

–¿Qué hacés, Malena?
–Sigo estudiando Decoración de Interiores en la Biblioteca de la Mujer. Me recibo el año que viene.
María: ¡Y su nota más baja es ocho!

–¿Tus proyectos, María?
–El último día de octubre, viernes, por América, a las diez y media de la noche, empiezo un programa semanal de fe: Buscando a Dios.

–¿De qué se trata?
–Seré una especie de guía, hablando con la gente de sus experiencias, sus milagros, sus devociones. Empiezo con San Cayetano, pero no sólo hablaré de los santos aceptados por la Iglesia: también de cultos alternativos como Gilda, los Angeles de Cromañón, el Gauchito Gil, San La Muerte –también lo llaman San Justo–, El Frente Vidal, que es el santo de Los Pibes Chorros, el padre Mugica, que en la Villa 31 es el mártir de los pobres y le rezan todos los días… Me parece que puede ser un programa importante para la gente que necesite algo más espiritual, y en la televisión de hoy, un despegue. Y los fines de semana, en gira, hago teatro con Máscaras, una obra de Lucía Arslanian dirigida por Manuel González Gil, que vamos a llevar a Mar del Plata desde enero.

–¿Telenovela, tira…?
–Por el momento, olvídalo. No puedo más…

Carmelo, el gato, caracolea. Cleopatra, la gata, no se deja ver. Como al descuido (el libro quedó abierto), leo el final. “Mamu, gracias por estar siempre a mi lado. Porque el pelo crece, la cicatriz se tapa, el habla se aprende, y los kilitos de más se bajan… y seguimos tan unidas como antes, o más. Ojalá que el alma no lo olvide, y lo recuerde de vez en cuando…”. Firmado, Malena